Avanza la carrera científica contra el envejecimiento

 

Ciudad de Mexico, 16 de noviembre.- Hay un animal que es casi inmortal. Nunca envejece. Con apenas un centímetro de tamaño,

la hidra es un diminuto invertebrado de agua dulce amarrado a una juventud eterna. Lo descubrió en 1998 Daniel Martínez, profesor de Biología Molecular en la Universidad Pomona de California, cuando intentaba probar justo lo contrario: “Decidí empezar experimentos con la hidra con la idea de que iba a demostrar que envejecía porque todos los animales envejecían. Pero, después de cuatro años, no había mortalidad. Y para un bicho chiquitito, como la hidra, es mucho. Las cosas chiquitas viven semanas, pero no años”, reflexiona. El dogma establecido de la muerte inexorable de los seres vivos se tambaleaba en las entrañas de la minúscula hidra y acaparaba la atención de la comunidad científica: cómo era posible, qué tenía de especial y, lo más importante, ¿podría suceder en otros animales, como los humanos?
La explicación de esa eterna juventud de la hidra está en su cuerpo, “hecho totalmente de células madre”, explica Martínez: el animal se regenera a sí mismo sin cesar. Algo, adelanta, impensable en el ser humano: “Nosotros no nos podemos permitir que todo nuestro cuerpo sea de células madre porque necesitamos órganos: como somos tan grandes, no podemos absorber alimentos a través de la piel, necesitamos un sistema para ingerir alimentos y luego llevarlos a todo el cuerpo. La formación de órganos requiere que nuestras células se diferencien y eso hace que pierdan su capacidad de reproducción; cuando la vuelven a ganar, tenemos cánceres. Así que, una vez que deciden que se van a diferenciar, tenemos un gran control para que no se reproduzcan. Si no pasa eso, tenemos problemas”, resume este biólogo argentino afincado en California. En síntesis, nuestra propia complejidad es la que nos mata.
El experto rechaza de plano que sea posible mantener joven al ser humano de forma indefinida, como sucede con la hidra. Pero sí admite que los hallazgos en este animal pueden ayudar a desentrañar los mecanismos moleculares del envejecimiento en humanos, una de las grandes expediciones que libra la comunidad científica desde hace varias décadas y, en los últimos años, con más ahínco.
El hallazgo de Shinya Yamanaka en 2006, que demostró la posibilidad de rebobinar células adultas a etapas embrionarias, revolucionó la ciencia del envejecimiento. Y aunque este mecanismo está lejos de llegar a los humanos, la comunidad científica no ceja en su empeño para frenar la vejez, a la que están asociadas diversas enfermedades, como el cáncer o el alzhéimer. Con la bala de la reprogramación celular y otras fórmulas para atajar los mecanismos asociados a la decrepitud celular, los científicos buscan cómo neutralizar o revertir estos procesos. Pero avisan: no seremos inmortales —de hecho, siempre podremos morir, aunque sea de forma accidental—. El objetivo es envejecer con salud.
El ser humano lleva décadas ganando años de vida: las mejoras sanitarias y la aparición de antibióticos y vacunas han recortado la mortalidad por delante y por detrás hasta tener una esperanza de vida en el mundo de 73 años (en 1960, era de 53). En España, estas cifras suben a los 80 para los hombres y los 85 años para las mujeres. Y siguen al alza mientras la comunidad científica debate si hay un límite: un estudio de 1996 ponía el techo en los 120, mientras que otra investigación de 2016 apuntaba que la longevidad más allá de los 125 años es improbable. La persona más longeva del mundo fue Jeanne Calment, una mujer francesa que falleció en 1997 con 122 años y cinco meses.
Pura Muñoz-Cánoves, profesora ICREA, catedrática de Medicina y Ciencias de la Vida de la Universidad Pompeu Fabra (UPF) e investigadora del Centro Nacional de Investigaciones Cardiológicas, asegura que la vida media seguirá aumentando, pero no eternamente. “Al paso que vamos, con el ímpetu que tiene la investigación, el envejecimiento se retrasará más, pero somos mortales. Algún día vamos a morir. La idea es que los años que vivamos sean con más calidad, con salud”, explica esta experta en biología celular. De hecho, recuerda, si bien ha crecido la vida media, el techo —los 122 años de Calment— no se ha alargado. “Más que alargar el máximo, se intentará que los de 80 o 90 años vivan más de 100 y en buenas condiciones de salud. Los que ahora están naciendo podrán llegar a ser centenarios”, augura.
Daño en las células
El envejecimiento es, en esencia, la acumulación de daño en las células y la pérdida de su funcionamiento normal. Y los científicos se afanan en descubrir los mecanismos moleculares que hay detrás de todo este fenómeno. “¿Por qué se acumula el daño [con la edad]? Porque hay más oportunidad de que ocurra por agresiones externas, como la exposición al sol o los hábitos de vida. Y porque perdemos capacidades en los procesos de reparación y limpieza celular”, sintetiza Muñoz-Cánoves.
En un artículo publicado en 2013 en la revista Cell, María Blasco, actual directora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas, proponía nueve firmas moleculares del envejecimiento. En el documento, en el que también participaron otros investigadores españoles, como Manuel Serrano o Carlos López-Otín, los autores desgranan, entre otras causas, la inestabilidad genómica (defectos que se acumulan en los genes con el tiempo) o la pérdida de proteostasis, que implica fallos en la eliminación de proteínas defectuosas y al acumularse, provocan enfermedades.